Los Momentos Más Divertidos De Michael Jackson Que Muchos Olvidaron-mdue

Todos lo recuerdan por su forma de cantar, pero casi nadie recuerda lo divertido que Michael Jackson podía ser.

Su imagen quedó pegada a los escenarios gigantes, a los gritos de los fans, a los pasos imposibles y a esa perfección casi irreal que parecía seguirlo a todas partes.

Pero entre los ensayos, entrevistas, bromas familiares y apariciones inesperadas, había otro Michael.

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Uno menos solemne.

Uno que se reía antes de terminar una frase.

Uno que podía perder una competencia de Pascua, quejarse por el pelo mojado, pedirle ayuda a Eddie Murphy con un micrófono y actuar como si empujar a alguien con pastel fuera la decisión más importante de la noche.

Ese Michael no siempre aparece en los grandes homenajes.

No siempre entra en los documentales que hablan de discos, premios y récords.

Pero cuando aparece, cambia por completo la forma de mirar al artista.

Porque la fama suele convertir a las personas en estatuas.

Estos momentos hacen lo contrario.

Lo devuelven al ruido de una piscina, a una broma mal calculada, a una carcajada imposible de cortar, a una habitación donde nadie puede sostener la seriedad porque Michael tampoco puede.

Uno de los clips más recordados lo muestra cayendo una y otra vez en una piscina.

No es una escena elegante.

No es una aparición cuidadosamente ensayada.

Es puro caos familiar.

Michael cuenta que alguien planeó la trampa contra él.

Le dijeron que subiera al trampolín y él obedeció, según sus propias palabras, “como un loco”.

El detalle lo hace más gracioso porque lo dice con esa mezcla de indignación y vergüenza que solo aparece cuando uno sabe que cayó redondo.

Subió.

Confió.

Y lo empujaron.

El grito de “¡No!” sale de él como si realmente pudiera detener el agua con la voz.

Luego llega la amenaza exagerada.

“¡Te voy a matar!”

No hay maldad en la frase.

Hay teatro.

Hay dignidad herida.

Hay una estrella mundial empapada, intentando sonar peligrosa mientras todos a su alrededor saben que la escena ya lo derrotó.

Macaulay Culkin también aparece en varios de esos momentos, recordando la cercanía que tuvo con Michael durante los años noventa.

En el clip de la piscina, Michael señala a sus primos y prácticamente identifica a los responsables como si estuviera presentando pruebas.

Ese es Elijah.

Ese es Levon.

Uno lo empujó.

El otro también estuvo cerca.

El tono es lo que vende la escena.

No está simplemente contando lo ocurrido.

Está reviviendo la traición con todo el drama de alguien que se acababa de arreglar y terminó bajo el agua.

Y entonces ocurre de nuevo.

Y otra vez más.

La repetición vuelve la broma más absurda.

Cualquiera se habría molestado.

Michael se molesta, sí, pero de una forma que parece parte de la función.

Cuando protesta diciendo que acababa de bañarse y lavarse muy bien el pelo, el comentario se vuelve inolvidable.

No habla como una celebridad que protege su imagen.

Habla como una persona común a la que le arruinaron el cabello después de haber hecho el esfuerzo de dejarlo perfecto.

Ese tipo de detalle es el que vuelve tan divertidos estos momentos.

No dependen de grandes chistes.

Dependen de verlo reaccionar.

Otro bloque de clips lo muestra observando a imitadores suyos.

Michael parece disfrutarlo con una curiosidad genuina.

Mira la patada.

Mira el giro.

Mira el gesto corporal que tantas veces fue imitado alrededor del mundo.

Pero hay un problema: cada vez que uno de esos imitadores empieza a tomar ritmo, la policía lo retira.

Michael lo cuenta con una combinación de risa y compasión.

El hombre no puede agarrar vuelo.

Nunca logra entrar por completo en la rutina.

Apenas empieza, lo sacan.

La manera en que Michael describe la secuencia es casi mejor que el clip mismo.

Enumera los pasos como si fuera un comentarista deportivo narrando una jugada que siempre termina igual.

Patada.

Giro.

Movimiento famoso.

Fuera.

Y al final queda ese “pobre tipo” flotando en el aire, porque Michael no se burla desde la crueldad, sino desde la extrañeza de ver su propio lenguaje corporal convertido en espectáculo callejero interrumpido.

Después está el famoso intercambio con Eddie Murphy.

Michael está en un escenario, listo para hablar, pero el soporte del micrófono no está a la altura correcta.

Intenta ajustarlo.

No puede.

Mira a Eddie.

Le pide ayuda.

“¿Puedes subir eso, por favor?”

La escena es mínima, pero perfecta.

Eddie se acerca y empieza a obedecer.

Por un segundo, incluso él entra en la lógica del momento.

Sí, Mike.

Claro, Mike.

Hasta que se da cuenta de que Michael Jackson acaba de ponerlo a trabajar frente a todos.

La gracia no está solo en que el micrófono falle.

Está en la naturalidad con la que Michael pide ayuda y en la reacción posterior de Eddie, cuando entiende que por un instante se comportó como si estuviera en el equipo técnico de Michael.

Ese pequeño choque de fama, confianza y absurdo convierte un problema de escenario en un recuerdo cómico.

Con Jermaine, el humor era distinto.

Más familiar.

Más seco.

Michael agradece a sus hermanos, dice que los ama profundamente, y entonces añade “incluyendo a Jermaine”.

La frase parece inocente, pero la pausa la vuelve una broma.

No necesita explicar nada.

Cualquier familia entiende ese tipo de comentario.

Es cariño con filo.

Es una provocación pequeña, lanzada frente a todos, con una sonrisa escondida detrás de la formalidad.

También hay momentos en los que Michael rompe a cantar en situaciones donde nadie sabe muy bien qué hacer con eso.

Alguien está hablando seriamente.

Se intenta explicar una relación, una intención, una aclaración pública.

Y Michael aparece con una intervención musical que desarma el tono de la conversación.

El resultado no parece planeado.

Parece uno de esos segundos en los que alguien con un talento imposible no puede evitar usarlo también para bromear.

Uno de los clips más encantadores ocurre durante una celebración de Pascua en 1991.

Están organizando un juego.

Hay números.

Hay reglas.

Hay premios.

Alguien menciona viajes a Bermuda, Hawái y Washington.

Michael se entusiasma de inmediato.

Ya no está escuchando como adulto paciente.

Está esperando la señal de salida.

Quiere empezar.

Quiere competir.

Quiere ganar.

“¡Empecemos ya!”

La energía cambia porque se nota que no está fingiendo entusiasmo.

Está metido en el juego.

Cuando le dicen que no haga trampa, la frase parece sacada de una reunión familiar cualquiera.

Nada de trampas, Michael.

Y lo mejor es que su respuesta emocional parece ser: quiero ganar este juego.

No importa cuántos escenarios haya llenado.

No importa cuántos premios reales tuviera.

En ese instante, lo único que cuenta es la competencia de Pascua.

Finalmente no gana.

Y como castigo, o como parte del caos del juego, le rompen un huevo en la cabeza.

La imagen tiene algo de justicia cómica.

El competidor más famoso del mundo pierde una pequeña batalla doméstica y termina con huevo encima.

Ahí se entiende por qué mucha gente conecta con esos clips.

No muestran al artista invencible.

Muestran al hombre sorprendido, frustrado, divertido y todavía dispuesto a seguir jugando.

En otro momento, Michael intenta imaginarse peleando como Muhammad Ali.

La conversación empieza con la idea de flotar como mariposa y picar como abeja.

La respuesta que recibe es brutalmente graciosa.

Le dicen que la parte de la mariposa la tiene, que canta dulce, pero que para picar como abeja necesita comer más y ganar algo de peso.

Michael no se ofende.

Se ríe.

Recibe la broma.

La deja respirar.

Ese detalle importa porque muchos de sus momentos divertidos funcionan por su disposición a quedar en una posición vulnerable.

No siempre intenta controlar la escena.

A veces permite que la escena lo controle a él.

También están los comerciales en los que no puede dejar de reír.

La línea parece sencilla.

“Mi nombre es Michael Jackson.”

Pero cuanto más la repite, más difícil se vuelve decirla sin reírse.

Es el tipo de risa contagiosa que destruye cualquier toma.

Al principio todavía parece posible recuperar la seriedad.

Luego ya no.

La repetición se vuelve absurda.

El nombre más famoso de la sala se convierte en una frase imposible de pronunciar con cara seria.

Y cuando aparece la idea de que “el verdadero Michael Jackson dé un paso al frente”, la escena termina de romperse.

No hace falta un guion complicado.

Basta con ver a alguien que todo el mundo imaginaba perfectamente disciplinado perdiendo la batalla contra su propia risa.

En otro clip, alguien intenta que enseñe a bailar.

Michael se muestra tímido.

Dice que lo están poniendo en aprietos.

Admite que la gente está descubriendo algo de él: que en realidad es muy tímido.

La confesión sorprende porque viene de una persona que parecía transformar cualquier escenario en territorio propio.

Pero ahí está, dudando, riéndose, buscando la manera de escapar del momento.

Al final se levanta.

Y entonces ocurre lo inevitable.

El cuerpo cambia.

La habitación cambia.

La broma se vuelve asombro.

Ese es uno de los contrastes más potentes de estos videos.

Michael podía parecer nervioso un segundo antes, pero apenas entraba la música, todo se ordenaba alrededor de él.

Lo gracioso y lo impresionante convivían en la misma persona.

También hay un clip en el que imita sonidos y repite una especie de “hey” una y otra vez hasta parecerse a un personaje cómico clásico.

La escena es tonta en el mejor sentido.

No intenta ser profunda.

No intenta proteger una imagen elegante.

Solo muestra a alguien jugando con la voz, con el ritmo y con la posibilidad de hacer reír a quienes están cerca.

Luego aparece una de las escenas más caóticas: la pelea de comida con Nick y Aaron Carter.

Hay un cumpleaños.

Hay un pastel.

Hay gente alrededor.

Al principio todo parece estar dentro de lo normal.

Agradecimientos.

Risas.

Un ambiente de celebración.

Pero alguien empieza a gritar “guerra de comida”.

La frase prende la habitación.

De pronto el pastel ya no es un postre.

Es una amenaza.

Michael se acerca con esa sonrisa que anuncia problemas.

Aaron y Nick están ahí, atrapados entre la emoción y el peligro cómico de tener al Rey del Pop sosteniendo pastel frente a ellos.

La gente grita.

Algunos quieren que lo haga.

Otros saben que, si lo hace, ya no habrá vuelta atrás.

Y por supuesto, lo hace.

La escena explota porque todos entienden al mismo tiempo que se cruzó una línea ridícula.

Ya no es una celebración ordenada.

Es una batalla de frosting, gritos y carcajadas.

Michael, que podía controlar un estadio entero con un movimiento de hombro, ahora controla la sala con un pastel.

Y esa diferencia lo vuelve memorable.

Otro video hecho para un amigo muestra su humor en un formato más privado.

Michael juega con la idea de que alguien es demasiado cool para ciertas cosas.

La broma es sencilla, pero la forma en que la dice le da una energía particular.

No parece estar actuando para una multitud.

Parece estar molestando a alguien cercano, disfrutando el pequeño teatro de una grabación amistosa.

También hay un momento en el que no sabe quiénes están nominados para un premio que lleva su propio nombre.

Pregunta quién recibirá el Michael Jackson Video Vanguard Award.

Luego admite que no tiene idea.

La frase “esto es horrible” resume perfectamente la incomodidad graciosa del momento.

No es una caída enorme.

Es un desliz humano.

Y precisamente por eso funciona.

Los clips en montañas rusas muestran otra faceta: Michael reaccionando al movimiento, al miedo y a la adrenalina como cualquiera.

Hay gritos.

Hay intentos de sostener la compostura.

Hay comentarios entre amigos.

Ese entorno también rompe la distancia entre la estrella y el espectador.

Uno no ve al ícono.

Ve a alguien sujetándose, gritando y riendo mientras el juego lo arrastra.

Con Macaulay Culkin aparece otra escena absurda: los dos jugando con fósforos frente al gerente de un hotel.

La conversación tiene tono de niños atrapados haciendo algo que saben que no deberían hacer.

Michael dice que no quiere usar fuego, que le da miedo.

El detalle de que el gerente esté ahí lo vuelve todavía más ridículo.

No es una gran travesura.

Es una pequeña escena de culpabilidad anticipada.

También hay clips donde hablan de subirse a árboles.

Michael insiste en que no trepa árboles.

La otra persona le dice que se está perdiendo de algo.

La gracia otra vez está en lo simple.

No todo tiene que ser espectacular para revelar carácter.

A veces basta con una negativa muy firme ante algo completamente cotidiano.

En otro momento se habla de buscarle una cita.

La escena mezcla incomodidad, humor y esa sensación de que Michael no siempre sabía cómo moverse en conversaciones personales frente a cámaras o micrófonos.

La mención de que alguien quiere encontrarle a la mujer perfecta queda como una broma medio seria, medio incómoda.

Michael también muestra fascinación por un acento inglés.

Escucha cómo alguien pronuncia una frase y quiere repetirla.

No se burla con crueldad.

Está encantado con el sonido.

Intenta imitarlo.

Dice algo como “encantado de conocerte” con un acento distinto, y la escena se vuelve ligera porque revela una curiosidad casi infantil por la musicalidad del habla.

Ese mismo impulso aparece en entrevistas donde no puede parar de reír.

El entrevistador intenta comenzar.

Le piden que finja que Michael no está haciendo lo que está haciendo.

Pero la risa se mete en la conversación.

La rompe.

La vuelve imposible.

Y cuando intentan hablar de un cortometraje como Ghosts, la solemnidad se desarma de nuevo.

Hay personas que se vuelven rígidas cuando una cámara se enciende.

Michael, en esos momentos, parece luchar contra lo contrario: contra una risa que llega justo cuando todos esperan seriedad.

Hasta en el Rock & Roll Hall of Fame aparece ese lado suyo.

Le piden que repita dónde están.

Se juega con la frase.

Hay aplausos.

Hay pequeñas interrupciones.

Y entonces Michael comenta que no le gusta cierto ángulo de cámara.

Prefiere otro.

La observación es graciosa porque mezcla dos mundos: el del homenaje solemne y el de alguien que, aun en medio de un momento importante, sigue pendiente de cómo se ve la toma.

No lo dice como una gran exigencia dramática.

Lo dice con esa naturalidad de artista que sabe perfectamente cuándo una cámara lo favorece y cuándo no.

En conjunto, todos estos clips construyen una imagen menos rígida de Michael Jackson.

No reemplazan su legado musical.

Lo complementan.

Muestran a alguien que podía ser tímido y competitivo, elegante y torpe, misterioso y completamente transparente cuando algo le daba risa.

Hay una razón por la que estos momentos siguen circulando.

No solo hacen reír porque sean bromas efectivas.

Hacen reír porque dejan ver grietas humanas en una figura que muchas veces fue tratada como si no perteneciera al mundo común.

El Michael que cae a la piscina se queja por su pelo.

El Michael que ve a sus imitadores se compadece del pobre bailarín al que no dejan terminar.

El Michael que pide ayuda con un micrófono convierte a Eddie Murphy en asistente por unos segundos.

El Michael de Pascua quiere ganar.

El Michael del comercial no puede decir su propio nombre sin reírse.

El Michael del pastel sabe que está a punto de crear un desastre y aun así avanza.

Quizá por eso estos videos tienen tanta fuerza emocional.

No muestran perfección.

Muestran juego.

Muestran vergüenza.

Muestran confianza.

Muestran esa parte de una persona que solo aparece cuando se siente lo bastante cómoda como para ser ridícula.

Y en el caso de Michael Jackson, esa parte resulta especialmente valiosa porque durante años el mundo lo miró con una intensidad enorme.

Cada gesto suyo podía convertirse en noticia.

Cada aparición era analizada.

Cada silencio se llenaba de interpretaciones.

Por eso verlo reír hasta arruinar una toma, protestar por una broma en la piscina o levantar un pastel como si fuera un arma de fiesta produce una sensación distinta.

No se siente como una pieza de museo.

Se siente vivo.

Se siente cercano.

Se siente inesperadamente normal.

Al final, todos recuerdan al artista que podía detener el mundo con una canción.

Pero estos momentos recuerdan otra cosa.

Que detrás del mito había una persona capaz de perder un juego, caer en una trampa, bromear con sus hermanos, reírse de sí mismo y convertir una simple fiesta en una guerra de comida.

Y cuando el pastel se acerca al rostro de Aaron, cuando todos gritan alrededor, cuando Michael sonríe como si estuviera a punto de hacer exactamente lo que no debía hacer, queda claro que esa también era parte de su magnetismo.

No solo sabía dominar un escenario.

También sabía romperlo.

A veces con un paso de baile.

A veces con una carcajada.

Y a veces con un pastel de cumpleaños en la mano.

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