El aire frío de julio golpeaba las vidrieras de la pequeña capilla del barrio La Teja, y la hermana Teresa sentía que cada golpe de lluvia venía a preguntarle lo mismo.
¿Dónde estaba Dios?
La capilla olía a cera apagada, madera húmeda y ropa mojada.

Afuera, Montevideo parecía hecho de barro, viento y techos bajos.
Dentro, las bancas vacías guardaban un silencio que ya no le parecía paz, sino distancia.
Teresa tenía 32 años y llevaba seis meses en Uruguay.
Había llegado desde Buenos Aires enviada por su congregación para trabajar con comunidades vulnerables en la periferia de la capital.
Al principio creyó que el cansancio era normal.
Creyó que la tristeza era una etapa.
Creyó que bastaría con rezar más, servir más, dormir menos y entregarse mejor.
Pero el barrio no le dio respuestas.
Le dio nombres.
Le dio niños que llegaban al comedor con hambre antes de aprender a pedir sin vergüenza.
Le dio madres que hablaban bajito para que sus hijos no escucharan que ya no quedaba comida.
Le dio ancianos solos, enfermos sin visitas y casas donde el frío entraba por rendijas que nadie podía reparar.
Cada noche, cuando Teresa volvía al convento, se quitaba el velo con manos cansadas y se sentaba al borde de la cama.
El rosario le quedaba entre los dedos como una cuerda a la que ya no sabía si aferrarse o soltar.
Había crecido en una familia de clase media en Buenos Aires, donde la fe era tan cotidiana como la mesa del comedor.
Había estudiado teología con una pasión casi luminosa.
Se había enamorado de las bienaventuranzas, de la pobreza elegida, de la idea de que servir era una forma de tocar lo eterno.
Pero una cosa era leer sobre los pobres.
Otra era conocerlos por nombre.
Otra era mirar a un niño a los ojos mientras preguntaba si podía repetir el plato y sentir que el mundo entero estaba mal construido.
La fe no siempre se pierde por escándalo.
A veces se desgasta por acumulación.
Una bolsa de arroz que no alcanza.
Un abrigo que llega tarde.
Una oración que parece no subir a ninguna parte.
El miércoles 5 de agosto, Teresa anotó en la libreta del comedor que habían servido 84 platos.
El jueves fueron 91.
El viernes fueron 97.
La libreta tenía columnas simples: nombre, edad, familia, observaciones.
Pero para ella se estaba convirtiendo en un documento más duro que cualquier tratado teológico.
Cada línea decía lo que nadie quería decir en voz alta.
El hambre tenía letra.
El sábado por la tarde, mientras organizaba donaciones de ropa en el salón parroquial, escuchó a doña Marta mencionar a José Mujica.
Doña Marta tenía 60 años, manos fuertes y una manera de hablar que mezclaba ternura con sentencia.
Ayudaba en la parroquia desde antes de que Teresa llegara.
Sabía qué familias necesitaban alimentos, qué niños mentían para no preocupar a sus madres y qué vecinos estaban demasiado orgullosos para pedir ayuda.
Esa tarde sostenía un abrigo oscuro cuando dijo que Mujica era un hombre coherente.
No lo dijo como quien habla de política.
Lo dijo como quien habla de alguien que ha visto de cerca.
Contó que vivía en una chacra modesta, que había rechazado privilegios, que había donado gran parte de su salario, que seguía pareciendo más vecino que figura pública.
Teresa escuchaba a medias hasta que doña Marta añadió una frase que le cayó encima como agua helada.
“Mujica, sin creer en Dios, vive más evangélicamente que muchos cristianos”.
La hermana Teresa levantó la mirada.
No preguntó nada en ese momento.
Pero esa noche no pudo dormir.
Encendió su vieja computadora y empezó a buscar entrevistas.
Leyó frases de Mujica sobre la humildad, la felicidad y la sobriedad.
Vio videos en los que hablaba con una sencillez que desarmaba.
No parecía querer convencer a nadie.
No parecía actuar.
Decía que uno no era más libre por tener más cosas, sino por necesitar menos.
Decía que el tiempo era la verdadera riqueza.
Decía que la vida era breve y había que vivirla con la menor cantidad posible de mentira.
Teresa cerró una entrevista y abrió otra.
Después encontró una donde hablaba de religión.
Mujica decía que no creía en Dios, pero que respetaba profundamente a quienes sí creían.
Hablaba de la fe como consuelo ante la muerte.
Decía que había visto partir a personas creyentes con una paz que él no despreciaba.
Teresa lloró frente a la pantalla.
No lloró porque estuviera de acuerdo con todo.
Lloró porque escuchaba a un hombre ateo hablar de la fe con más cuidado que muchas personas religiosas hablando del sufrimiento ajeno.
Durante los días siguientes, la contradicción se le volvió insoportable.
¿Cómo podía alguien que no creía en Dios vivir de una forma que a ella le parecía profundamente evangélica?
¿Cómo podía una monja sentirse enseñada por un ateo?
La pregunta le daba vergüenza, pero la vergüenza no la hacía desaparecer.
Al contrario.
La volvía más fuerte.
Un sábado por la tarde, compartiendo mate con doña Marta en el patio de la parroquia, Teresa supo que el sobrino de la mujer trabajaba como jardinero cerca de la chacra de Mujica, en Rincón del Cerro.
La noticia la dejó quieta.
Doña Marta la miró por encima del mate.
“Usted quiere hablar con él, ¿no?”
Teresa bajó los ojos.
“No sé si sería correcto”.
“Correcto no siempre significa útil, hermana”.
Esa noche, Teresa escribió una carta.
La fechó con cuidado.
No quiso sonar dramática.
No quiso sonar arrogante.
Escribió quién era, de dónde venía, qué hacía en La Teja y cómo su fe estaba atravesando una grieta que ya no podía ocultar.
Le dijo que había visto más evangelio en su manera de vivir que en muchos sermones.
Le dijo que necesitaba hacerle una pregunta.
No escribió cuál.
Solo pidió unos minutos.
Dobló la hoja, la guardó en un sobre blanco y se la entregó a doña Marta al día siguiente.
Pasaron dos semanas.
Teresa siguió sirviendo comida, visitando enfermos y coordinando donaciones, pero una parte de ella se quedó esperando el sonido del teléfono.
El martes 18 de agosto, a las 15:43, la madre superiora la llamó a su oficina.
La puerta estaba apenas abierta.
La madre tenía una hoja con una dirección escrita.
“Llamó José Mujica”, dijo.
Teresa no respondió.
Durante un segundo pensó que había entendido mal.
La madre superiora repitió que él había leído la carta y que la recibiría el domingo por la tarde.
Teresa tomó el papel con las indicaciones.
El número de la ruta, una referencia, un camino de tierra.
Todo estaba escrito con una precisión casi doméstica.
Nada de protocolo.
Nada de ceremonia.
Solo una invitación.
Esa noche, por primera vez en meses, Teresa rezó sin pelearse con el silencio.
No pidió que Dios le explicara el mundo.
Pidió valor.
El domingo amaneció despejado.
A las 14:00 salió del convento en el Fiat viejo de la congregación.
Conducía con ambas manos sobre el volante y el papel arrugado en el asiento del acompañante.
El camino hacia Rincón del Cerro le mostró un Uruguay que todavía no conocía bien.
Pasó por zonas humildes, por calles estrechas, por canchas de tierra donde los niños jugaban al fútbol con una seriedad alegre.
Vio vacas pastando, casas bajas, gente tomando mate en la vereda.
No había grandiosidad en el paisaje.
Había una dignidad sencilla.
Cuando llegó a la chacra, tuvo que preguntar dos veces.
La casa no tenía nada de extraordinario.
Un camino de tierra, árboles, plantas, un pequeño huerto con lechugas y tomates, un galpón al fondo.
Teresa estacionó y se quedó unos segundos dentro del auto.
Pensó en irse.
Pensó que quizá era una falta de respeto llegar con una pregunta tan grande a la casa de un hombre que no le debía nada.
Pero luego recordó a Bruno, un niño de ocho años que siempre pedía repetir el plato mirando primero a los adultos para medir si era demasiado.
Recordó a Ramona, una mujer que había perdido a su hijo y vivía en una tristeza que no hacía ruido.
Recordó la libreta del comedor.
Bajó del auto.
Antes de que tocara la puerta, esta se abrió.
José Mujica apareció con pantalón gastado, camisa a cuadros y chaleco de lana.
Su rostro estaba curtido por los años, pero sus ojos tenían una luz amable, casi pícara.
“Hola, hermana Teresa, supongo”, dijo. “Pase, pase no más. La estaba esperando”.
Teresa estrechó su mano.
Era una mano áspera, de alguien que no había delegado la tierra a otros.
La casa era simple.
Muebles viejos, una estufa a leña, libros apilados, periódicos, una radio antigua.
No había decoración pensada para impresionar.
Esa falta de actuación la conmovió más que cualquier lujo.
Mujica le ofreció mate.
Teresa aceptó.
Entendió que en Uruguay el mate no era solo una bebida, sino una forma de decir: siéntese, respire, no venga corriendo detrás de la respuesta.
Se sentaron frente a frente.
Él la observó con atención.
“Usted escribió que tenía una pregunta para mí”, dijo. “Bueno, aquí estoy. Dispare nomás”.
Teresa sintió que la garganta se le cerraba.
Había preparado sus palabras durante días, pero de pronto todo le parecía insuficiente.
“Don José”, empezó, “yo he dedicado mi vida a Dios”.
Él no la interrumpió.
Ella habló de sus votos, de la teología, de las horas de oración, de su llegada a Uruguay, del barrio, del hambre, de la soledad.
Habló de las madres que no tenían qué cocinar.
Habló de los niños que llegaban al comedor como quien entra a un lugar donde todavía puede pasar algo bueno.
Habló de su propia vergüenza por no poder encontrar a Dios donde se suponía que debía encontrarlo.
Y habló de él.
Le dijo que su vida la había desestabilizado.
Que su coherencia le dolía porque venía de un hombre que no profesaba ninguna fe.
“Por eso vine”, dijo finalmente. “Porque hay una pregunta que no me deja dormir”.
Mujica inclinó apenas la cabeza.
La luz de la tarde cayó sobre la mesa.
Teresa miró el mate, sus propias manos, el rosario enrollado en los dedos.
Luego lo miró a él.
“Don José… ¿dónde vive Dios?”
El silencio fue largo.
No fue incómodo.
Fue un silencio lleno de peso.
Mujica miró por la ventana hacia el jardín y después volvió a mirarla.
“Hermana”, dijo, “yo no soy quién para hablar de Dios. No soy creyente, ya lo sabrá. Pero he pensado mucho en estas cosas, sobre todo ahora que uno se acerca al final del camino”.
Teresa no se movió.
“Y si le soy sincero, creo que si Dios existe, no vive donde la mayoría cree que vive”.
Él cebó otro mate.
“La gente busca a Dios en templos, ceremonias, libros sagrados. Y está bien. No digo que esté mal. Pero para mí, si hay algo sagrado en este mundo, está también en otra parte. En la tierra que trabajamos, en el pan que compartimos, en el tiempo que le damos a alguien que está solo”.
Teresa sintió que algo se abría dentro de ella.
“Dios, si existe, no puede estar encerrado en cuatro paredes”, continuó. “Tiene que estar donde hay vida, donde hay entrega, donde hay amor verdadero”.
Luego habló de la prisión.
No con orgullo.
No con dramatismo.
Habló como quien recuerda una habitación donde dejó una parte de sí mismo.
Dijo que había pasado años en un pozo, aislado, sin luz, sin templos, sin biblias, sin curas.
Solo oscuridad y dolor.
“Y sin embargo, algo me mantuvo vivo”, dijo. “No sé si fue Dios. No sé si fue esperanza. No sé si fue terquedad humana. Pero algo había”.
Teresa lloró en silencio.
Él no pareció incómodo con sus lágrimas.
“¿Y dónde está Dios para los que sufren?”, preguntó ella. “¿Dónde está en los niños que llegan al comedor sin esperanza? ¿Dónde está en las madres que no tienen con qué alimentar a sus hijos?”
Mujica la miró con una ternura casi dolorosa.
“Si Dios existe, hermana, tiene que estar en nosotros cuando actuamos. No en las palabras. En los hechos. Cuando usted les da de comer a esos niños, cuando abraza a esas madres, cuando les devuelve un poco de dignidad, ahí está Dios”.
Teresa bajó la cabeza.
“No es magia”, agregó él. “No es espectáculo. Es humanidad. Solidaridad. Y si hay algo divino en este mundo, tiene que ser eso: la capacidad de cuidarnos unos a otros cuando todo parece perdido”.
La frase le entró como una respuesta y como una herida.
Porque no cerraba el misterio.
Lo llevaba al barro.
Mujica se levantó y fue hasta la ventana.
La luz del sol iluminó sus manos ásperas y su rostro cansado.
“Tal vez el problema es que queremos que Dios nos hable con palabras claras, con señales, con milagros espectaculares”, dijo. “Pero la vida no funciona así. La vida es más simple y más compleja al mismo tiempo”.
Se volvió hacia ella.
“Si quiere encontrar a Dios, no lo busque solo en el silencio de la capilla. Búsquelo en el ruido del barrio. En el rostro de cada persona que sufre y lucha por seguir. Dios vive donde hay amor genuino, donde hay entrega sin esperar nada, donde hay lucha por la justicia”.
Teresa sintió que su fe no volvía a ser la de antes.
Y quizá eso era lo que necesitaba.
No una fe intacta.
Una fe más honesta.
Entonces Mujica tomó una carpeta vieja de entre los libros.
Teresa creyó que eran recortes, notas o cartas comunes.
Pero él la abrió con una lentitud que cambió el aire de la habitación.
En la primera hoja había una anotación escrita a mano.
“Para la hermana que busca a Dios donde duele”.
Teresa levantó la mirada.
“¿Qué es esto?”
Mujica no sonrió.
“Me lo dejó una mujer que vino antes que usted”, dijo. “También buscaba respuestas. También creía que la fe se le estaba rompiendo entre las manos”.
La carpeta contenía fechas, nombres y apuntes breves sobre hospitales, comedores, casas visitadas y personas acompañadas en silencio.
No era un documento oficial.
Pero tenía algo de expediente del alma.
Una lista de lugares donde el dolor humano había sido visto, no explicado.
Teresa pasó una página y encontró una carta doblada.
Su nombre completo estaba escrito en el frente.
Hermana Teresa.
El corazón le dio un vuelco.
“No entiendo”, susurró.
Mujica señaló la carta.
“Léala”.
Teresa la abrió con manos torpes.
La primera línea mencionaba a doña Marta.
Decía que doña Marta no solo la había ayudado a enviar la carta, sino que durante semanas había visto a Teresa quebrarse en silencio mientras servía comida, acomodaba ropa y fingía estar bien.
Decía que algunas personas no saben pedir ayuda, pero igual la están pidiendo con la forma en que se quedan mirando una ventana.
Teresa sintió una presión en el pecho.
Doña Marta no le había contado toda la verdad.
La vecina no solo había “intentado” hacer llegar la carta.
Había insistido.
Había llamado al sobrino.
Había hablado con quien tenía que hablar.
Había contado, con discreción, que una monja joven del barrio estaba a punto de perder la fe no por egoísmo, sino por exceso de dolor.
La carta terminaba con una frase que Teresa no olvidaría nunca.
“A veces Dios vive en quien te empuja hacia la puerta que no te animabas a tocar”.
Teresa cubrió la boca con una mano.
Mujica se sentó otra vez.
“¿Ve, hermana?”, dijo. “Usted vino buscando una respuesta mía. Pero la respuesta ya había empezado antes de que usted llegara. En doña Marta. En su preocupación. En el muchacho que trajo la carta. En todo eso que la gente hace sin ponerse medallas”.
Teresa lloró de una forma distinta.
No era desesperación.
Era reconocimiento.
Durante dos horas conversaron.
Mujica le habló de la prisión, de la tierra, de Lucía, de la vida sencilla, de la trampa de acumular cosas y perder tiempo.
Teresa habló del comedor, de Bruno, de Ramona, de las mujeres que llegaban a la parroquia no solo por comida, sino por una silla donde sentarse sin ser juzgadas.
Cuando se despidieron, el cielo estaba anaranjado.
Mujica la acompañó hasta la puerta.
“Cuídese, hermana”, dijo. “La vida es corta y está llena de dolor, pero también de belleza. No se pierda la belleza por andar buscando respuestas que quizás no existen. Viva, ame, entregue lo que tiene. Eso es todo”.
Teresa lo abrazó.
Él recibió el abrazo con naturalidad.
En el viaje de regreso al convento, Teresa no sintió que tuviera todas las respuestas.
Sintió algo mejor.
Sintió que podía seguir caminando sin tenerlas todas.
Las semanas siguientes cambiaron su manera de mirar el barrio.
La Teja dejó de ser solo un mapa de carencias.
También era un territorio de resistencia.
Doña Marta ya no era únicamente una voluntaria constante.
Era una mujer que había criado sola a cinco hijos, que había conocido el hambre desde adentro y aun así preparaba ollas para otros.
Bruno ya no era solo el niño que pedía repetir el plato.
Era un chico de ocho años que quería ser maestro porque, según le dijo a Teresa una tarde, todos los niños merecían saber que importaban.
Ramona ya no era solamente una madre hundida en duelo.
Era una mujer que sobrevivía a la muerte de su hijo día a día, y que encontraba un poco de aire cuando Teresa se sentaba a su lado sin intentar arreglarle el dolor.
Teresa empezó a entender que la presencia también podía ser una oración.
No todas las respuestas llegan en forma de frase.
Algunas llegan como una mano que no se suelta.
Organizó talleres de costura, apoyo escolar y huerta comunitaria.
No eran proyectos grandes.
No tenían presupuestos impresionantes.
Pero tenían algo más difícil de conseguir: continuidad.
Cada miércoles registraba asistencia en una carpeta azul.
Cada viernes anotaba qué alimentos faltaban.
Cada domingo revisaba la libreta del comedor.
Esa disciplina sencilla la sostenía.
No reemplazaba la fe.
La encarnaba.
En octubre, Teresa recibió una carta de Mujica.
La letra era temblorosa, pero clara.
Le preguntaba cómo le iba, si había encontrado algo de paz, si seguía trabajando en el barrio.
Al final escribió una frase que ella enmarcó y colgó en su habitación.
“La vida es demasiado corta para perderla en debates sobre dónde vive Dios. Mejor vivirla como si cada acto de amor fuera una prueba de su existencia”.
Teresa le respondió contándole sobre Bruno, Ramona y doña Marta.
Le contó que la duda ya no la avergonzaba tanto.
Le contó que quizá la fe no era una casa cerrada, sino un camino donde uno aprende a caminar con preguntas.
La correspondencia siguió durante meses.
No era frecuente, pero era significativa.
Mujica nunca intentó convertirla a su manera de ver el mundo.
Ella nunca intentó convertirlo a la suya.
Se encontraron en un lugar más humilde que la discusión.
La honestidad.
Un día de febrero, Teresa recibió una llamada inesperada.
Era Lucía Topolanski.
Le dijo que José estaba en el hospital para unos controles, que no era una emergencia, pero que había pedido verla.
Teresa fue al día siguiente.
El hospital olía a desinfectante, café recalentado y pasillos largos.
Subió hasta la habitación 304 con un nudo en la garganta.
Al entrar, lo encontró sentado en la cama, con bata de hospital y el mismo chaleco de lana encima.
Lucía pelaba una naranja a su lado.
Mujica sonrió al verla.
“Hermana, qué alegría. Pase, no se quede ahí parada que parece guardia de seguridad”.
Teresa se rió pese al miedo.
Se sentó cerca de la cama.
Él le ofreció un gajo de naranja.
“¿Cómo está, don José?”, preguntó.
“Viejo, hermana”, respondió él. “Muy viejo. Pero tranquilo”.
Hablaron del barrio.
Ella le contó que Bruno estaba mejorando en la escuela y que Ramona ayudaba dos veces por semana en el comedor.
Mujica escuchaba con los ojos brillantes.
Luego dijo algo que la dejó quieta.
“Los médicos me dan unos meses. Tal vez un año, si tengo suerte”.
Teresa sintió que el aire se le iba.
Él levantó una mano.
“No se ponga melancólica. La vida es así. Lo importante es no llegar al final con remordimientos”.
Después habló de Dios otra vez.
Dijo que quizá al final no importaba tanto si uno creía o no creía, sino cómo vivía, qué dejaba, cómo trataba a los demás.
“Yo voy a morir sin saber si Dios existe”, dijo. “Pero si existe y me pregunta por qué no creí en él, le voy a decir: porque estuve demasiado ocupado creyendo en la gente”.
Teresa lloró.
Le dijo que él había vivido el evangelio sin llamarlo así.
Mujica le sonrió con cansancio.
“No me haga santo, hermana. Los santos de yeso no sirven para plantar nada”.
Esa fue una de las últimas veces que lo vio.
Cuando meses después llegó la noticia de su muerte, Teresa estaba en la parroquia revisando una lista de alimentos.
Doña Marta entró despacio.
No necesitó decir mucho.
Teresa entendió por su cara.
José Mujica había muerto en su chacra, rodeado de los suyos, fiel a esa sencillez que había predicado sin necesidad de disfrazarla.
El funeral reunió a miles de personas.
Teresa fue con vecinos de La Teja.
No buscó un lugar especial.
Se quedó entre la gente común, porque sentía que ahí habría querido estar él.
Mientras veía pasar el cortejo, recordó la pregunta que le había hecho más de un año antes.
¿Dónde vive Dios?
La respuesta ya no era una frase.
Era una multitud.
Era doña Marta apretándole el hombro.
Era Bruno con un cuaderno bajo el brazo.
Era Ramona llorando sin esconder la cara.
Era la gente agradecida no ante un hombre perfecto, sino ante un hombre que había intentado vivir con coherencia.
Esa noche, Teresa volvió al convento y miró el cuadrito con la frase enmarcada.
Se arrodilló.
No pidió señales.
No pidió certezas.
Dio gracias.
Gracias por el barrio.
Gracias por doña Marta.
Gracias por Bruno y Ramona.
Gracias por aquel viejo terco que no creía en Dios y, sin embargo, le había enseñado a encontrarlo en el lugar más improbable.
Un año después, la comunidad organizó un homenaje sencillo en la plaza del barrio.
No hubo ceremonia elaborada.
Solo vecinos, mate, una mesa con flores y personas compartiendo cómo Mujica había influido en sus vidas.
Cuando llegó el turno de Teresa, sus manos temblaron.
No era una gran oradora.
Pero esa tarde sintió que tenía que hablar.
“Hace un año y medio”, dijo, “yo estaba perdida. Había dedicado mi vida a Dios, pero no sabía dónde encontrarlo”.
La plaza quedó en silencio.
“Rezaba y me sentía vacía. Leía y no encontraba respuestas. Entonces escuché hablar de un hombre que no creía en Dios, pero vivía con una coherencia que me obligó a mirarme por dentro”.
Doña Marta la miraba con los ojos húmedos.
“Fui a verlo y le pregunté dónde vivía Dios. Él me respondió que, si Dios existe, vive donde hay amor genuino, entrega sin esperar nada y lucha por la justicia. Desde ese día he visto a Dios todos los días en este barrio”.
Teresa respiró.
“Lo veo en doña Marta cuando prepara comida para otros. Lo veo en Bruno cuando estudia soñando con ser maestro. Lo veo en Ramona cuando decide levantarse una mañana más a pesar del dolor. Lo veo en cada uno de ustedes cuando comparten lo poco que tienen”.
Los aplausos llegaron sin estruendo.
Cálidos.
Humanos.
Esa noche Teresa escribió una última carta a Mujica.
Sabía que él no la leería.
Aun así necesitaba escribirla.
Le agradeció por haber recibido a una monja angustiada en su casa.
Le agradeció por no darle una respuesta cerrada.
Le agradeció por enseñarle que la fe no era ausencia de dudas, sino coraje para seguir caminando con ellas.
Guardó la carta en su Biblia, junto a las otras.
Después se acercó a la ventana.
Las luces de las casas humildes parpadeaban en la noche como pequeñas estrellas terrenales.
En una de esas casas, doña Marta estaría preparando comida para sus nietos.
En otra, Bruno estaría haciendo la tarea.
En otra, Ramona estaría mirando una foto de su hijo con ojos húmedos, pero con el corazón un poco más en paz.
Teresa sonrió a través de las lágrimas.
Había llegado a Uruguay buscando a Dios en el silencio de la capilla.
Lo había encontrado en el ruido del barrio.
Lo había encontrado en una carpeta vieja, en una carta inesperada, en las manos ásperas de un expresidente humilde y en la vida cotidiana de personas que seguían amando a pesar de todo.
El aire frío de julio ya no le parecía una amenaza.
Era solo otra forma del mundo tocando el vidrio.
Teresa cerró los ojos y dio gracias por el misterio, por la belleza y por los maestros que aparecen cuando más falta hacen.
No encontró la paz de quien tiene todas las respuestas.
Encontró una paz más real.
La de quien aprende a caminar con las preguntas.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso fue suficiente.