Solo tengo una pregunta.
¿Por qué si Maradona metió la pata tantas veces, la gente seguía amándolo tanto al grado de que en algunas ciudades se convirtió en una deidad?
La respuesta no cabe en una sola jugada.

Tampoco cabe en una sola culpa.
Para entender a Diego Armando Maradona hay que empezar antes de los estadios, antes de los contratos millonarios, antes de la mano que cambió un Mundial y antes del laboratorio que cambió una vida.
Hay que empezar en Villa Fiorito, donde el suelo levantaba polvo y la pobreza no era una palabra de discurso, sino una rutina de agua, hambre y cansancio.
En su casa vivían diez personas.
Su padre, don Diego, trabajaba en una fábrica.
Su madre, doña Tota, cuidaba a sus hijos con esa habilidad silenciosa de las madres que hacen parecer normal lo imposible.
A veces no había suficiente comida, y esa falta le dejó a Diego una marca más profunda que cualquier patada.
Él mismo diría años después que de esa escasez le nació un hambre feroz por tenerlo todo.
No solo dinero.
Todo.
A los tres años recibió un balón.
Para otro niño habría sido un juguete.
Para Diego fue una salida.
Dormía con él, caminaba con él, jugaba con él en las calles de tierra y lo llevaba como si la pelota supiera algo que nadie más sabía.
A los nueve años, un amigo lo llevó a probarse con los Cebollitas, el equipo infantil de Argentinos Juniors.
El entrenador Francis Cornejo lo vio hacer túneles, sombreros y pases de tacón como si esas cosas fueran fáciles.
No le creyó la edad.
Pidió una identificación.
Cuando confirmó que ese niño de verdad tenía nueve años, entendió que no estaba frente a una promesa normal.
El cuerpo de Diego todavía llevaba el precio de la desnutrición.
Era pequeño, frágil en apariencia, con músculos que parecían insuficientes para tanto deseo.
Pero con la pelota no parecía chico.
Parecía adelantado a todos.
En los Cebollitas empezó a entrenar en serio.
Años después lo explicaría con una frase simple: en Villa Fiorito jugaba con el balón; en los Cebollitas jugaba fútbol.
Y vaya que jugaba.
El público empezó a llamarlo el pibe que hacía magia.
En los entretiempos no descansaba.
Mientras otros niños tomaban agua o se sentaban, él hacía trucos para entretener a la tribuna.
Era niño, pero ya entendía el poder de tener ojos encima.
Ese poder lo alimentaba.
También lo quemaba.
Porque desde temprano apareció otra parte de Diego.
La parte que no toleraba perder.
La parte que discutía hasta ser expulsada.
La parte que podía llorar tirada en el suelo después de una derrota.
La parte que, en el calor del partido, podía meter un gol con la mano y celebrarlo aunque supiera que no estaba bien.
Ese detalle importa porque Maradona nunca fue una historia de pureza.
Fue una historia de intensidad.
Y la intensidad, cuando no encuentra borde, también destruye.
Argentinos Juniors pronto entendió que las categorías infantiles le quedaban chicas.
Otros clubes empezaron a mirarlo.
Para no perderlo, Argentinos le consiguió a su familia un departamento con servicios que la casa de Villa Fiorito no tenía.
Ese cambio fue enorme.
También puso sobre sus hombros un peso brutal.
Diego no era solo un hijo con talento.
Era la posibilidad de que toda una familia saliera de abajo.
Dejó la escuela y se entregó al fútbol.
Cerca de ese nuevo departamento conoció a Claudia Villafañe.
Se hicieron novios.
Ella se volvió parte de su vida durante años, con todo lo que eso significaría después: amor, lealtad, dolor, hijas, mentiras y regresos.
A los 16 debutó en primera división.
Argentinos perdió aquel partido, pero la prensa vio lo que importaba.
Maradona era un genio en formación.
César Luis Menotti, técnico de la selección argentina, también lo vio.
Lo convocó para un amistoso contra Hungría, y Diego pisó la cancha con los nervios de quien quiere ser perfecto demasiado pronto.
Desde entonces empezó a imaginar el Mundial de 1978.
El Mundial era en Argentina.
Parecía destino.
Pero Menotti lo dejó fuera por considerarlo inmaduro.
Argentina ganó la copa sin él.
Diego lloró muchísimo.
Ese día no solo perdió una convocatoria.
Ganó una deuda consigo mismo.
Prometió demostrar que se habían equivocado.
En el Mundial Sub-20 de Japón lo hizo.
Argentina ganó el torneo, y Diego fue elegido el mejor jugador.
Jugó como si cada regate llevara una respuesta pendiente.
Como si cada gol fuera una carta enviada a quienes habían dudado.
Luego vino su etapa más brillante en Argentinos Juniors.
Le marcó goles imposibles a rivales enormes.
River quiso ficharlo.
Boca también.
Y cuando el Loco Gatti, arquero de Boca, dijo que Maradona era bueno pero estaba gordito y exagerado por la prensa, Diego respondió con cuatro goles.
Uno de ellos fue desde un ángulo tan cerrado que parecía absurdo intentar el disparo.
Todos esperaban un centro.
Él metió el balón en la red.
A veces Maradona no discutía.
A veces contestaba con una zurda.
Llegó a Boca y la Bombonera lo recibió como si volviera alguien que siempre había pertenecido ahí.
El club representaba para él algo más que fútbol.
Era barrio, identidad popular, emoción cruda.
Diego venía de abajo y Boca también hablaba ese idioma.
Ganó el Metropolitano y dejó imágenes que se volvieron memoria.
Después llegó el Mundial de 1982.
Esta vez nadie lo dejó fuera.
Pero España fue una herida.
Argentina no funcionó como se esperaba.
Diego fue golpeado, marcado, frustrado.
Contra Brasil perdió la paciencia, pateó a un rival y fue expulsado.
El sueño terminó otra vez con rabia.
Entonces apareció la crítica de Pelé.
Dijo que el talento de Maradona como futbolista estaba siendo opacado por sus fallas como persona.
La frase era dura.
Lo peor es que no era fácil desecharla.
En Barcelona, Diego vivió belleza y caos.
Marcó goles elegantes, ganó títulos y llenó estadios.
También tuvo hepatitis, rumores, noches largas, choques con la directiva y una lesión brutal en el tobillo izquierdo.
La patada de Goikoetxea contra el Athletic Club lo dejó destruido.
Su recuperación fue rápida, casi milagrosa.
Demasiado rápida, para algunos.
El cuerpo de Diego empezó a volverse un campo de parches.
Inyecciones, tratamientos, urgencias, voluntad.
Volver importaba más que sanar.
En una final de Copa contra el Athletic, el ambiente se desbordó.
Tras una provocación, Maradona perdió el control y participó en una pelea campal frente a todos.
Lanzó golpes.
Dio un rodillazo.
El Barcelona decidió que era mejor venderlo.
Así apareció el Napoli.
No era el destino obvio para la estrella más electrizante del mundo.
Era un club del sur de Italia, lejos del poder del norte, lejos de los grandes nombres que dominaban la liga.
Pero precisamente por eso la unión fue tan poderosa.
Nápoles se sentía despreciada.
Maradona sabía lo que era venir de un lugar despreciado.
La ciudad no vio solo un futbolista.
Vio un espejo.
El fichaje fue enorme.
Diego llegó como el jugador mejor pagado del mundo, aunque sus finanzas personales ya eran un desastre por gastos, regalos, excesos y mala administración.
En la primera rueda de prensa le preguntaron por la camorra, la organización criminal napolitana.
El presidente del club explotó y echó al periodista.
Era una señal de que en Nápoles había cosas que todos sabían y muchos preferían no decir.
En la cancha, el Napoli era limitado.
A veces parecía esperar que Diego inventara algo de la nada.
Y muchas veces lo inventó.
Pero el verdadero salto llegó con el técnico Octavio Bianchi, que armó un equipo más sólido alrededor de él.
Contra la Juventus, en una noche de lluvia, Maradona metió un tiro libre casi imposible con la barrera demasiado cerca.
La pelota se elevó como si desobedeciera la física.
El estadio explotó.
En Nápoles empezaron a creer.
Y cuando una ciudad marginada empieza a creer, no solo celebra goles.
Celebra dignidad.
Pero fuera de la cancha, Diego se acercaba a ambientes peligrosos.
Fiestas.
Sustancias.
Mujeres.
Fotografías con miembros de la camorra.
Para la organización, aparecer con Maradona daba legitimidad.
Para él, ese entorno ofrecía protección, acceso y una sensación engañosa de invulnerabilidad.
Claudia sufría esa vida desde cerca y desde lejos.
Las discusiones se volvieron violentas.
Las distancias crecieron.
En ese vacío apareció Cristiana Sinagra, una joven con quien Diego inició una relación.
Ella quedó embarazada.
Al principio, según su testimonio, Diego pareció apoyarla.
Luego, presionado por su entorno, se apartó.
La frase que se le atribuye a esa etapa es fría: ese hijo era suyo, pero no quería verlo.
Ese rechazo se volvería una mancha difícil de explicar en una ciudad donde la familia lo es todo.
Entonces llegó México 86.
Argentina empezó el torneo con dudas razonables y una esperanza cada vez más fuerte.
Contra Inglaterra, el partido pesaba más que el fútbol.
Cuatro años antes, la guerra de las Malvinas había dejado una herida nacional abierta.
En el minuto 51, Diego saltó con el arquero inglés y empujó la pelota con la mano.
El árbitro no lo vio.
El gol valió.
Después diría que había sido un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios.
Cuatro minutos más tarde hizo algo que ya no necesita defensa.
Recibió cerca de media cancha y empezó a correr.
Pasó a un rival, luego a otro, luego a otro.
Cuando el arquero salió, recordó aquella jugada de Wembley en la que quizá había rematado demasiado pronto.
Esta vez esperó.
Lo esquivó.
Anotó.
El gol del siglo nació en la misma tarde que la trampa más famosa.
Esa contradicción es Maradona en una imagen.
Argentina ganó el Mundial.
Diego fue el centro absoluto.
No solo levantó una copa.
Le dio a millones una sensación de revancha, orgullo y pertenencia.
Con la copa en las manos, parecía que nada podía tocarlo.
Pero la vida siempre cobra por los altares.
Cuando volvió a Italia, Cristiana Sinagra apareció en los medios diciendo que su hijo era de Maradona.
Claudia, embarazada, vio la noticia por televisión.
Diego negó.
Lloró.
Juró que era mentira.
Pero el tema no desapareció.
Se convirtió en una batalla legal y en la primera grieta seria entre él y parte del pueblo napolitano.
En la cancha, aun así, llegó la gloria máxima.
En 1987, el Napoli ganó su primer escudeto.
La ciudad se pintó de azul.
La gente cantó en las calles durante semanas.
Maradona se volvió santo, mural, altar y reliquia.
En el cementerio apareció una manta dirigida a los muertos: “No saben de lo que se perdieron”.
Poco después, el Napoli también ganó la Copa de Italia.
La devoción era total.
Luego llegó el desgaste.
Lesiones en espalda y rodilla.
Tratamientos extraños.
Inyecciones.
Ausencias en entrenamientos.
Sospechas.
La temporada siguiente se escapó la liga y parte de la afición empezó a reclamarle.
Diego sintió que lo traicionaban.
Pidió salir del club.
El presidente Ferlaino le prometió considerar su salida si ganaba la Copa UEFA.
Maradona la ganó.
Llevó al Napoli a su primera final europea y alzó otro título histórico.
Pero Ferlaino no cumplió.
Le dijo que la promesa había sido para motivarlo.
Diego se enfureció y se fue a Argentina durante la pretemporada.
El club lo multó.
Lo amenazó con llevar el caso a la FIFA.
Y como jugar el Mundial de 1990 era demasiado importante, regresó.
Volvió más pesado, más desgastado, con el cuerpo cobrando cada urgencia acumulada.
Aun así ganó otro escudeto con el Napoli.
Se casó con Claudia en una boda enorme en Buenos Aires.
Parecía que todavía podía torcer la historia a su favor.
Pero Italia 90 fue una trampa emocional.
Argentina llegó lejos sin brillar.
En semifinales enfrentó a Italia en Nápoles.
Diego pidió a los napolitanos que recordaran cómo el resto del país los trataba.
Argentina eliminó a Italia por penales.
Para muchos italianos, aquello fue una traición.
La final contra Alemania se jugó en un clima hostil.
Cuando sonó el himno argentino, el estadio abucheó.
Diego insultó frente a las cámaras.
Alemania ganó con un penal al minuto 85.
Argentina perdió el Mundial.
Diego quedó destrozado.
Cuando volvió a Nápoles, ya no era intocable.
La protección que antes parecía rodearlo empezó a desaparecer.
Las historias sobre su vida nocturna y su consumo salieron con más fuerza.
Los rumores dejaron de ser susurros.
Después de un partido contra el Bari, fue seleccionado para un control antidopaje.
La sala no tenía épica.
No había canto.
No había una defensa inglesa persiguiéndolo.
Solo había formularios, una muestra, un procedimiento y un resultado.
La hoja decía positivo por cocaína.
La Federación Italiana lo suspendió quince meses.
Para un futbolista, quince meses pueden ser una eternidad.
Para Maradona, fueron una humillación pública.
Sintió que todos lo habían traicionado.
Salió de Italia de noche, casi escondido, rumbo a Buenos Aires.
Pero ni en Argentina encontró paz.
Poco después la policía lo detuvo por posesión de sustancias.
Las imágenes de Diego esposado, con la mirada baja, dieron la vuelta al mundo.
El hombre que había sido dios en Nápoles aparecía reducido a una foto de vergüenza.
Entró en una etapa oscura.
Terapia.
Rehabilitación.
Recaídas.
Noches en las que intentaba esconder su consumo de sus hijas.
Una vez, según recordaría, se olvidó de cerrar la puerta del baño y una de ellas lo vio.
Le preguntó qué estaba haciendo.
Él no pudo responder.
No porque no entendiera la pregunta.
Porque la vergüenza también puede dejar sin voz.
Cuando cumplió la suspensión, fue al Sevilla, dirigido por Carlos Bilardo, el técnico que lo había llevado al título en México 86.
Parecía una oportunidad de renacer.
No lo fue.
Su cuerpo ya no obedecía igual.
Faltaba a entrenamientos.
Se peleó con Bilardo después de ser sustituido en un partido.
Terminó rescindiendo el contrato y volvió a Argentina.
Parecía acabado.
Pero Argentina también tenía memoria.
Durante las eliminatorias para el Mundial de 1994, la selección perdió 5 a 0 contra Colombia en el Monumental.
Entre abucheos, el público empezó a pedir el regreso de Maradona.
Diego firmó con Newell’s Old Boys y su primera práctica reunió a más de 40,000 personas.
Luego volvió a la selección.
Ayudó a clasificar a Argentina contra Australia.
Otra vez, el país lo miró como el alma del equipo.
Para llegar al Mundial de Estados Unidos se exigió al límite.
Quería bajar de peso.
Quería fortalecer músculos.
Quería demostrar que aún podía.
Su preparador físico consiguió un suplemento en Estados Unidos para reemplazar otro producto.
No revisó bien los ingredientes.
El suplemento contenía efedrina, una sustancia prohibida por la FIFA.
En el control antidopaje, Diego dio positivo.
Él insistió en que no había corrido por sustancias.
Dijo que había corrido por la camiseta.
La frase más recordada fue devastadora: le habían cortado las piernas.
Argentina lloró con él.
Y sin él, el Mundial perdió sentido para muchos.
Después vinieron intentos como técnico, regresos a Boca, otro positivo por cocaína y finalmente el retiro a los 37 años.
“No doy más”, dijo.
La pelota, sin embargo, nunca salió del todo de su vida.
Dirigió clubes, opinó en programas, condujo televisión, entrenó a la selección argentina y también a Dorados de Sinaloa en México, donde llevó a un equipo de segunda división a dos subcampeonatos consecutivos.
En lo personal, su vida siguió llena de giros.
Se separó de Claudia.
Reconoció legalmente a cinco hijos.
Enfrentó recaídas, aumentos de peso y problemas cardíacos.
Fue internado varias veces.
El 2 de noviembre de 2020, tres días después de cumplir 60 años, lo hospitalizaron por un hematoma subdural.
Lo operaron y la cirugía salió bien.
Pero su salud seguía frágil.
El 25 de noviembre de 2020 fue encontrado sin vida en su habitación.
El mundo lloró.
Argentina lloró.
Nápoles lloró.
Los altares reaparecieron, las canciones volvieron, las velas se encendieron y millones recordaron no solo sus errores, sino lo que les hizo sentir cuando tocaba una pelota.
Su hija compartió una imagen de cuando era niña y él la miraba con ternura durante un entrenamiento en Nápoles.
En su despedida, años antes, Diego había dejado una frase que quedó como resumen y defensa.
“La pelota no se mancha.”
No dijo que él no se hubiera equivocado.
Al contrario.
Dijo que se equivocó y pagó.
Pero separó sus fallas del juego que amó.
Quizá por eso tanta gente lo siguió amando.
No porque ignoraran todo lo que hizo mal.
No porque sus errores no importaran.
Sino porque Maradona representó algo más grande que una biografía limpia.
Representó a los de abajo ganando donde no debían ganar.
Representó a los barrios que no piden permiso.
Representó la rabia de quien se sabe observado con desprecio y aun así se atreve a levantar la cabeza.
También representó el peligro de no saber detenerse.
La misma irreverencia que lo volvió inolvidable lo volvió vulnerable.
La misma hambre que lo sacó de Villa Fiorito lo persiguió cuando ya tenía el mundo entero.
El talento puede abrir una puerta.
El carácter decide cuántas paredes se rompen al cruzarla.
Y en Diego, el carácter rompió paredes, defensas, récords, silencios, reglas y también partes de sí mismo.
Por eso su historia duele tanto.
Porque no fue un santo.
Tampoco fue solo un escándalo.
Fue un hombre lleno de contradicciones que le dio al fútbol algunos de sus minutos más hermosos y a su familia, a sus equipos y a sí mismo algunas de sus heridas más difíciles.
En una misma tarde hizo trampa y tocó la eternidad.
En una misma vida fue ídolo, hijo, padre, genio, deudor, campeón, acusado, amado y perdido.
La pelota no se mancha, dijo.
Tal vez quería decir que el juego debía quedar limpio de sus caídas.
Pero quienes lo vieron jugar saben algo más.
La pelota tampoco olvida.
Y por eso, incluso después de tantas caídas, tanta gente siguió pronunciando su nombre como si todavía estuviera por recibir la pelota cerca de media cancha, levantar la cabeza y hacer algo que nadie más podía hacer.